Estampa de la Basílica de la Asunción de Nuestra Señora

Hasta el momento no disponemos de fuentes documentales que permitan atribuir una fecha segura a la construcción  del templo parroquial, primero Iglesia y actualmente Basílica. Sin embargo, parece ser que sobre los posibles restos de un templo anterior, comenzó a erigirse, a finales del siglo XV, bajo el pratronazgo de la Casa de los Mendoza. En un primer momento, la patrona de dicha Iglesia era Santa María, produciéndose durante varios años del siglo XVI numerosas transformaciones funcionales y decorativas, levantándose, entre las décadas de los años sesenta, setenta y ochenta de ese siglo, su imponente retablo, mediante las aportaciones de los pintores Alonso Sánchez Coello, Hernando de Ávila y Diego de Urbina, y entre los escultores las tallas de Francisco Linares y Juan de Tovar. También se producen importantes retoques en 1619 con el escultor y ensamblador Juan Muñoz y el escultor Alonso de Vallejo.
Sin embargo, es su torre campanario, "la más grande y principal que hay en todo el reino de Toledo" según la respuesta de los colmenareños a Felipe II en 1580, el elemento arquitectónico más emblemático de la Villa, integrándose perfectamente en el tejido urbano, gracias al carácter sobrio de su granito y la estructura decorativa del conjunto. La torre se alza a los pies de la Basílica, de buena sillería, siguiendo evidentes patrones castellanos, formada por cuatro cuerpos perfectamente diferenciados y que hasta el capitel, octogonal y de caliza, sobrepasa los 50 metros. Precisamente en este capitel, de la Morena ve posiblemente la obra de Simón de Colonia por tipología comparada con el remate de la catedral de Burgos, pudiéndose fechar hacia 1535 y 1540. Destacan sobre sus escamas de caliza los pináculos y el conjunto de gárgolas y seres animados que responden a soluciones arquitectónicas, simbólicas y decorativas. Con todo, este remate tiene una reforma significativa a mediados del siglo XVII, al caer un rayo que causó numerosos daños en gran parte del capitel y en los dos arcos de campanas de poniente, ajustándose la obra en cinco mil ducados, siendo cura párroco Alonso Sánchez Sierra. Finalmente, como consecuencia del mal de piedra, también sufrió una importante reparación todo el conjunto del chapitel, así como los grifos de las cornisas de remate de la aguja, parte de las gárgolas y la sillería de los pináculos y la balaustrada de 1987, dentro de los actos que se produjeron con motivo del V Centenario, a través del Centro Regional para la Conservación y Restauración del Patrimonio Histórico Inmueble, bajo la dirección de Ana Iglesias.

                                          Resumen: Fernando Colmenarejo (Estampas Vidal'97)

Estampa de Colmenar Viejo

El caserío de Colmenar Viejo, determinado por su esbelta torre campanario y las cumbres nevadas de la sierra de Guadarrama al fondo, constituye una clásica estampa del paisaje castellano, principalmente durante las estaciones invernales y primaverales. La situación de este Colmenar tuvo sentido junto al camino que unía las ciudades de Alcalá de Henares y Segovia, posiblemente utilizando parte de un trazado viario romano de segundo orden. La puebla de estos repobladores segovianos, que a mediados del siglo XIII tuvieron serios enfrentamientos con los madrileños por la ocupación de este espacio, deseado principalmente para usos ganaderos, comenzaba, poco a poco, a expandirse, y sus moradores fueron aclarando parte de un monte bajo poblado básicamente de encinas.
Estampa de Colmenar Viejo
Los colmenareños, así, comenzaban a modificar sustancialmente un paisaje cuyas trasformaciones destacadas se habían producido ya en torno a las vegas formadas por el arroyo de Tejada otras zonas del término municipal, durante la época hispano-visigoda, hacia los siglos VI y VII. Con la repoblación cristiana el paisaje se modifica extraordinariamente. A los intereses basados en el sector primario, concretamente en las grandes cabañas de ganado lanar del tipo "churro", o las roturaciones en espacios abiertos para los cereales, principalmente trigo y centeno, o vides en la zona de la Moraleja, se suma la tala del arbolado para la floreciente industria textil, fundamentalmente para las necesidades de los tintes, y también para las demandas de la Corte. Así mismo se abren las entrañas del subsuelo, para la extracción de ciertos minerales y sus rocas, atendiendo al creciente mercado de Madrid para la construcción, los firmes de carreteras y las continuas urbanizaciones.
Como consecuencia de todo esto, la visión que ofrece este Colmenar Viejo, desde su parte sur, es la descomposición histórica de un paisaje mesomediterráneo, a base de encinas y enebros, donde el pastizal es predominante, permitiendo las vacadas cerriles y bravas, principalmente desde mediados del siglo XVIII, apareciendo el vacuno especializado en la producción lechera a finales del siglo siguiente, en los terrenos que fueran de un ejido con marcado carácter ganadero.

                            Resumen: Fernando Colmenarejo (Estampas Vidal'97)